David respiraba con dificultad por la nariz.
Entonces sonrió.
Pequeño.
Desesperado.
Pero real.
“¿Crees que puedes asustarme para que te lo cuente todo?”
“No. Sé que puedo.”
Su sonrisa se amplió aún más.
“No deberías haberla involucrado en esto”.
Algo en su tono hizo que todo mi cuerpo se quedara inmóvil.
¿OMS?
Miró hacia el resplandor de las luces del hotel a lo lejos, y por primera vez esa noche, la satisfacción apareció en sus ojos.
“Emily siempre necesitó que la rescataran. Ese era su problema”.
Sonó mi teléfono.
Número desconocido.
Respondí.
Por un momento, nadie habló.
Entonces oí la voz de Emily.
No me habla.
Estridente.
“¡Oliver! ¡Oliver, despierta!”
La línea crepitó.
Entonces se oyó una voz masculina, baja y firme.
“Señor Vale, usted se llevó algo que pertenece al señor Carter.”
Se me heló la sangre.
Miré a David.
Ahora sonreía completamente.
Un instante después, Nico lo agarró por el cuello y lo estrelló contra el Mercedes.
— ¿Dónde están? —preguntado por teléfono.
El hombre del otro lado soltó una risita.
“Su hotel tiene unos pasillos de servicio preciosos.”
Entonces se cortó la llamada.
Por un instante, dejó ser Marcus Vale, el hombre al que Chicago temía.
Volví a ser un niño en un pasillo helado, escuchando a mi madre suplicar tras una puerta cerrada con llave.
Entonces volví en mí.
Y cuando lo hice, el mundo se redujo a un solo propósito.
Agarré a David por el cuello y lo acerqué lo suficiente como para oler el caro whisky en su aliento.
—Será mejor que reces —le dije— para que tu hijo siga respirando cuando lo encuentre.
La sonrisa de David se desvaneció.
No porque le importe Oliver.
Porque finalmente comprendió una simple verdad.
En Chicago había monstruos peores que él.
Y acababa de darles a uno de ellos una razón.
⏬ Continua en la siguiente página ⏬