Sino porque entendió, en ese instante, que discutir con alguien que no veía su valor era como rogarle a una pared que tuviera corazón.
Cuando terminó, levantó la vista.
—¿Algo más?
Rodrigo pareció molesto por su calma.
—Sí. No quiero que uses a la niña para buscarme. Cuando nazca, hablamos.
—Se llama Lucía —dijo Valeria.
—Como sea.
Doña Teresa chasqueó la lengua.
—Ay, no empieces con sentimentalismos.
Karla abrazó el brazo de Rodrigo y le acomodó la corbata.
—Vámonos, amor. Tenemos cita para ver el salón.
Valeria se quedó inmóvil mientras los 3 se alejaban.
Pero antes de salir, Rodrigo regresó, sacó de su bolsillo una tarjeta blanca y la dejó sobre la mesa.
Era una invitación.
Su boda con Karla.
—Para que entiendas que esto es definitivo —dijo—. Y por favor, no aparezcas con esa panza. Sería incómodo para todos.
Valeria miró la invitación.
Luego miró a Rodrigo.
La bebé pateó otra vez.
Y por primera vez en meses, Valeria no lloró.
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