Durante años, Rodrigo había creído que ella solo era la hija discreta de un empresario fallecido de Querétaro. Pensaba que su padre le había dejado una casa, algunos ahorros y recuerdos familiares.
Jamás supo la verdad.
Jamás supo que Don Ernesto Mendoza, su padre, había fundado Grupo Mendoza, una compañía de autopartes médicas y componentes industriales con contratos en México, Estados Unidos y Canadá.
Jamás supo que, tras la muerte de sus padres, Valeria heredó el 100% de las acciones.
Una empresa valuada en más de 40 millones de dólares.
Valeria nunca se lo dijo porque Rodrigo despreciaba todo lo que no pudiera presumir en redes. Nunca preguntó por su familia con verdadero interés. Nunca leyó una nota financiera. Nunca miró más allá de su propia vanidad.
Y ahora estaba frente a ella, convencido de que la abandonaba sin perder nada.
El abogado de Rodrigo colocó los documentos sobre la mesa.
—La señora puede firmar y agilizar el proceso.
Valeria tomó la pluma.
Rodrigo sonrió.
—Así me gusta. Sin berrinches.
Ella firmó donde correspondía.
No porque aceptara la humillación.