Al principio presumieron viajes, cenas, ropa y fotos con frases de amor eterno. Después llegaron las deudas, los cambios de trabajo, las peleas y los silencios. Rodrigo perdió su puesto en una empresa logística tras culpar a su equipo de errores que él mismo autorizó.
Karla dejó de publicar fotos con él.
Doña Teresa dejó de hablar de “la mujer ideal”.
Y un martes por la mañana, 6 años después del divorcio, el nombre de Rodrigo Salazar apareció en el correo de Recursos Humanos de Grupo Mendoza.
Valeria estaba revisando candidatos para una gerencia de operaciones cuando vio su currículum.
Se quedó helada.
Diego entró a su oficina y cerró la puerta.
—Lo vimos. Recursos Humanos preguntó si lo descartamos.
Valeria leyó la carta de presentación.
Rodrigo hablaba de admirar “el liderazgo ejemplar de Grupo Mendoza”.
La frase casi la hizo reír.
—No —dijo ella—. Que siga el proceso normal.
Diego la observó.
—¿Estás segura?
—Sin favores. Sin castigos.
3 días después, Rodrigo entró a la empresa con traje azul, sonrisa ensayada y la misma seguridad arrogante de siempre.
No sabía que Valeria lo observaba detrás del cristal.
No sabía que la dueña de la empresa era la mujer a la que llamó “un error”.
Y cuando terminó la entrevista técnica, lo llevaron a la oficina final.
Valeria estaba de pie junto a la ventana.
Rodrigo la vio.
Su sonrisa desapareció.
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