Andrés Luján llegó 25 minutos después, furioso antes de saber exactamente de qué lo acusaban.
Entró a la clínica con el saco abierto, el celular en la mano y esa expresión de hombre acostumbrado a que otros le arreglaran los problemas. Detrás de él venía Fernanda Rivas, cargando una pañalera rosa y usando lentes oscuros dentro del edificio.
En cuanto vio al comandante Ocampo, se detuvo.
Lucía no necesitó más.
La culpa se reconoce incluso cuando intenta esconderse detrás de unos lentes caros.
—¿Qué está pasando aquí? —exigió Andrés.
Doña Graciela se acercó a él y le habló al oído. Lucía observó cómo el rostro de su exmarido cambiaba en 3 segundos: molestia, incredulidad y miedo.
El doctor Medina los llevó a una sala de juntas. En la pantalla ya esperaba la licenciada Valeria Mena, abogada familiar de Lucía. Su rostro estaba sereno, pero sus ojos no.
—Señor Luján —dijo Valeria—, le sugiero no declarar nada sin su abogado.
Andrés soltó una risa falsa.
—Esto es ridículo. Lucía abandonó esos embriones.
La abogada ni siquiera cambió el tono.
—No los abandonó. El contrato de criopreservación exige autorización escrita de ambas partes para cualquier transferencia.
—Ella no quería volver a intentarlo —dijo Andrés, mirando a Lucía como si todavía pudiera culparla.
Lucía sintió frío en las manos.
—Después de perder a nuestro segundo bebé, dije que no podía pasar por otro embarazo inmediatamente. Eso no significa que te diera permiso de entregarle mi embrión a Fernanda.
Fernanda se quitó los lentes. Tenía los ojos rojos.
—Él me dijo que tú habías aceptado.
Lucía soltó una risa breve, rota, sin alegría.
—Tú fuiste mi amiga durante 12 años. Estuviste en mi casa cuando lloré por mis pérdidas. Me acompañaste a comprar ropa de bebé que nunca pude usar. Sabías lo que esos embriones significaban para mí.
Fernanda bajó la mirada.
—Yo pensé…
—No —la interrumpió Lucía—. Tú no pensaste. Tú quisiste creer la versión que te convenía.
El comandante Ocampo abrió otra carpeta.
Había registros de ingreso, correos internos de la clínica, llamadas entre Andrés y una asistente administrativa, y un pago hecho desde una cuenta empresarial de la familia Luján. También apareció un mensaje enviado por Graciela a Fernanda 1 noche antes de la transferencia:
“Firma como te indicó Andrés. Nadie va a revisar. En cuanto nazca la niña, todo será irreversible.”
El silencio fue brutal.
Doña Graciela comenzó a llorar, pero sus lágrimas no parecían de arrepentimiento. Parecían de miedo.
Andrés golpeó la mesa.
—¡Camila es mi hija!
Lucía lo miró con una tristeza que ya no podía convertirse en amor.
—Nunca dije que no lo fuera. Dije que también es mía.
Aquella fue la parte más difícil.
No Andrés.
No Fernanda.
No Graciela.
Camila.
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