Nunca imaginé que terminaría casándome con un hombre veintitrés años menor que yo.
Mucho menos que lo haría para intentar salvar la vida de mi hija.
Mi nombre es Cristina Navarro. Tengo cuarenta y tres años y durante los últimos seis meses mi vida había girado alrededor de una habitación de hospital.
Mi hija Sofía, de diecinueve años, permanecía en coma después de un terrible accidente automovilístico.
Cada mañana me sentaba junto a su cama, le acomodaba el cabello y le hablaba como si pudiera escucharme.
Los médicos no podían asegurarme que despertaría.
Pero tampoco podían decirme que no lo haría.
Y mientras existiera una mínima posibilidad, yo no pensaba rendirme.
Aquella mañana, el doctor Ramírez apareció en la habitación con una carpeta entre las manos.
La expresión de su rostro me hizo comprender que no traía buenas noticias.
—Cristina, necesitamos hablar sobre el programa de neurorehabilitación.
Sentí un nudo en el estómago.
Aquel programa representaba la mejor oportunidad para que Sofía recuperara la conciencia.
Pero también era extremadamente costoso.
—Estoy reuniendo el dinero —respondí rápidamente—. Ya pagué una parte.
El médico suspiró.
—Lo sé. Pero el centro solo mantendrá la reserva durante cuarenta y ocho horas más.
Miré a mi hija.
Permanecía inmóvil, conectada a monitores que emitían sonidos constantes.
—Por favor, dígales que esperen un poco más.
—Ya lo hice. Conseguí una extensión especial. Pero no puedo prometer nada después de eso.
Cuando el médico se marchó, sentí que el mundo se derrumbaba nuevamente sobre mis hombros.
Había agotado mis ahorros.
Había vendido joyas familiares.
Había pedido préstamos.
Ya no quedaba nada.
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