os hombres como Arturo solo leen nombres cuando creen que esos nombres les pertenecen.
Después de que él y Camila desaparecieron en el ascensor, la recepcionista hizo una llamada en silencio.
“Él está aquí.”
Siete pisos abajo, Mariana estaba en una sala de juntas con Octavio Barrios, el abogado de su familia de treinta años. Llevaba un traje azul marino y la cara de una mujer que ya había terminado de llorar. Recetas para la cena familiar
Octavio puso un bolso grueso en la mesa.
“Él llegó con Camila Ríos. Suite presidencial. Cena mañana a las ocho.”
Mariana miró el bolso.
“Él eligió este hotel.”
“Podría haber elegido cualquier lugar”, dijo Octavio. “Pero eligió el tuyo.”
Durante años, Arturo había convencido a Mariana de que no entendía finanzas. Después de que su padre murió, le aconsejó, la guió y la convenció de firmar documentos.PARTE 1
“La suite presidencial. Y asegúrense de que nadie nos moleste.”Arturo Ledesma colocó su tarjeta negra sobre el mostrador de mármol del Gran Hotel Alvarado como si el dinero por sí solo pudiera comprar silencio, lealtad y respeto.
“La suite presidencial. Y asegúrense de que nadie nos moleste.”Arturo Ledesma colocó su tarjeta negra sobre el mostrador de mármol del Gran Hotel Alvarado como si el dinero por sí solo pudiera comprar silencio, lealtad y respeto.
La mujer que estaba a su lado no era su esposa.
Camila Ríos sonrió radiante, sosteniendo el bolso de diseñador que Arturo le había regalado dos semanas antes. Era joven, elegante y claramente impresionada por las lámparas de araña, las flores frescas, los suelos pulidos y el ambiente lujoso del hotel.
A Arturo le encantó esa expresión en su rostro.
Le gustaba sentirse poderoso.
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