PARTE 1
—Llegaste al funeral de mi papá con tu amante embarazada… qué valiente, Rafael.
La voz de Mariana Santillán no tembló.
Rafael Ibarra se quedó inmóvil junto a la entrada del Panteón Francés, en la Ciudad de México, con un traje negro hecho a la medida y una expresión de tristeza que había ensayado frente al espejo esa misma mañana. A su lado, Sofía le apretaba el brazo con una mano sobre el vientre de 6 meses, como si aquel embarazo fuera una corona.
Los murmullos comenzaron de inmediato.
—¿Es ella?
—No puede ser tan descarado.
—En el funeral de don Ernesto…
Rafael fingio no escuchar. Había decidido aparecer ahí con Sofía porque, según él, ya no tenía nada que perder. Don Ernesto Santillán, el poderoso dueño del Grupo Santillán, había muerto. Y con él, pensaba Rafael, también moría la influencia que siempre protegió a Mariana.
Durante años, Rafael había vivido resentido.
Don Ernesto nunca lo quiso.
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