—Tú no amas a mi hija —le dijo una vez, en su despacho de Polanco—. Amas lo que crees que ella te puede abrir.
Rafael sonrió ese día con educación. Por dentro, juró que algún día le demostraría que se equivocaba.
Pero con el tiempo descubrió otra cosa: el imperio Santillán no era tan invencible como parecía. Había rumores de deudas, demandas, socios molestos, auditorías internas y proyectos detenidos en Monterrey, Guadalajara y Querétaro. Rafael había revisado documentos, escuchado conversaciones, seguido pistas. Todo apuntaba a que la familia estaba cayendo.
Por eso se permitió humillar a Mariana.
Por eso se enamoró, o creyó enamorarse, de Sofía.
Y por eso llegó al funeral con ella.
Quería que todos vieran que Mariana estaba terminada.
Mariana estaba frente al mausoleo familiar, vestida de negro, con el cabello recogido y el rostro pálido. No lloraba. Eso irritó a Rafael más que cualquier escena dramática. Él esperaba verla rota, avergonzada, escondida detrás de unos lentes oscuros.
Pero Mariana lo miraba como si ya supiera el final de una historia que él apenas estaba empezando a entender.
Sofía inclinó la cabeza y murmuró:
—No te preocupes. Hoy se acaba todo.
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