Rafael asintió.
Había solicitado el divorcio 3 semanas antes. Había bloqueado tarjetas, movido dinero de cuentas compartidas y filtrado a varios conocidos que Mariana estaba emocionalmente inestable desde la enfermedad de su padre.
Incluso había dicho, con falsa preocupación:
—No quiero hacerle daño, pero Mariana ya no está bien. Su familia se está hundiendo y ella no acepta la realidad.
Aquella mañana, creyó que la realidad por fin lo favorecía.
El abogado de la familia, licenciado Octavio Rivas, subió a una pequeña plataforma colocada junto a los arreglos florales blancos. Abrió una carpeta de piel negra y pidió silencio.
—Por instrucciones expresas de don Ernesto Santillán, la lectura de su testamento se realizará aquí, frente a la familia directa, socios principales y representantes legales.
Rafael arqueó una ceja. Le parecía teatral. Muy al estilo de su suegro.
Mariana no se movió.
Octavio comenzó con propiedades menores, donaciones a fundaciones, becas para hijos de empleados y algunos bienes para familiares lejanos. Rafael escuchó con impaciencia. Sofía, en cambio, sonreía discretamente, como si ya estuviera imaginando la casa de Lomas de Chapultepec donde vivirían después.
Entonces el abogado cambió el tono.
—En cuanto al control accionario del Grupo Santillán, las filiales internacionales, los fideicomisos privados y los activos personales resguardados en bancos de México, Estados Unidos y Suiza…
Rafael levantó la mirada.
Octavio respiró hondo.
—Todo queda transferido de manera exclusiva e irrevocable a su única hija, Mariana Santillán Robles.
El silencio fue brutal.
Un primo de Mariana preguntó casi sin voz:
—¿De cuánto estamos hablando?
El abogado revisó la hoja, aunque parecía saber la cifra de memoria.
—Aproximadamente 300 millones de dólares, sin contar la revaluación de activos industriales pendiente.
Sofía soltó el brazo de Rafael.
Rafael sintió que el aire se le iba del pecho.
—Eso es imposible —susurró.
Mariana dio un paso hacia él. No sonrió de inmediato. Primero lo miró. Lo miró como se mira a alguien que acaba de caer en una trampa preparada con paciencia.
Luego se acercó lo suficiente para que solo él y Sofía escucharan.
—Ahora dime, Rafael… ¿quién necesita a quién?
Sofía retrocedió medio paso.
Rafael quiso responder, pero no encontró una sola palabra que no sonara ridícula.
Entonces Octavio volvió a hablar.
—Hay una cláusula adicional que don Ernesto ordenó leer únicamente en presencia del señor Rafael Ibarra.
Todas las cabezas giraron hacia él.
Rafael sintió un golpe frío en la nuca.
—Durante los últimos 3 años —continuó el abogado— se documentaron actos de infidelidad, uso indebido de información corporativa, transferencias no autorizadas y posibles desvíos vinculados al señor Ibarra.
Mariana ya no parecía una viuda herida.
Parecía una mujer que había esperado demasiado tiempo para cerrar la puerta.
Octavio levantó otra carpeta.
—Y por voluntad de don Ernesto, esta información será entregada hoy mismo a las autoridades correspondientes.
Sofía lo miró horrorizada.
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