Ya había recorrido la mitad del camino de entrada a la casa de mi madre cuando me di cuenta de que no había practicado mi sonrisa.

Después de treinta y seis años, uno pensaría que sería algo natural: esa curva educada e inofensiva de los labios que dice “estoy bien” aunque no lo estés. Esa que se ve bien en las fotos, aunque nunca llegue a tus ojos.

La luz del porche zumbaba sobre la puerta, atrayendo polillas que se balanceaban contra el cristal, desesperadas por entrar. Comprendí esa sensación más de lo que quería admitir. Cada vez que se abría la puerta, se oían risas cálidas, fuertes y espontáneas.

La voz de mi madre resonó con claridad, la risa grave de mi hermano Mike se oía por debajo, y el bullicio de los adolescentes —Tyler y sus amigos—. Me detuve en el último paso y apreté con fuerza la bolsa   de regalo  que tenía en la mano. Dentro había una pequeña caja de terciopelo: un collar que había elegido semanas atrás. Un delicado lirio dorado. Su favorito. Había dedicado demasiado tiempo a elegirlo, imaginando su reacción, imaginándola sonriendo y diciendo: «Siempre sabes exactamente lo que me gusta». Sabía que no era así, pero la esperanza no desaparece solo porque sea una tontería. Forcé una sonrisa y llamé a la puerta.

Regalos

La puerta se abrió de golpe. Allí estaba Tyler, alto y engreído, comportándose como si el mundo le debía algo.