Finalmente, accedió a reunirse con él al día siguiente en un parque público. Una hora. Sin abogados. Sin seguridad. Sin Marissa.
—Marissa ya no trabaja para mí —dijo Blake con frialdad.
Emma se quedó helada.
Había revisado los registros de seguridad archivados. Emma, en efecto, había ido a su oficina cinco años antes. Se quedó diecisiete minutos antes de que los guardias la sacaran por orden de Marissa. Sus llamadas fueron desviadas. Sus correos electrónicos filtrados. Sus cartas destruidas.
—Te lo dije —susurró Emma.
—Lo sé —dijo Blake, y esas dos palabras tuvieron más peso que cualquier disculpa.
Luego preguntó por Daniel Reyes, el hombre que creía que era el amante de Emma.
—Él no era mi
—Novio —dijo Emma—. Era asesor genético.
La enfermedad neurológica de su madre podría ser hereditaria. Emma se había estado haciendo pruebas antes de intentar tener hijos. Los mensajes que Blake había encontrado eran sobre citas médicas y resultados.
—Nunca me dejas explicarte —dijo ella.
Él había visto frases como «Todavía no puedo decírselo a Blake» y supuso que se trataba de una traición. Pero la verdad era miedo. Emma temía ser portadora de un marcador genético peligroso.
—Los resultados fueron negativos —le dijo—. Iba a decírtelo esa noche. Compré zapatos de bebé. La caja azul que está sobre la mesa.
Blake susurró: —La tiré.
—Lo sé.
Al día siguiente, Blake llegó al parque sin acompañante, con un suéter azul marino y tres pequeñas bolsas de una juguetería. Parecía nervioso.
Ethan se acercó primero. —¿Qué hay en las bolsas?
—Libros —dijo Blake—. Y una disculpa.
Oliver entrecerró los ojos. —¿Sabes cómo disculparte?
—Estoy aprendiendo.
Blake se agachó con cuidado, dándoles espacio.
—Soy Blake —dijo—. Sé que aprendiste algo importante ayer. Lamento que haya sucedido así. No sabía nada de ti, pero debí haberle hecho caso a tu madre.
Oliver lo observó. —¿Eres nuestro padre?
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