—He venido por lo que es mío —declaró—. La ley de sangre ata más que la plata.
Angelina contuvo la respiración.
Jonás dio un paso al frente.
“No te pertenecen.”
Los agentes de la ley parecían inquietos.
“La mujer debe elegir”, dijo uno.
El pulso de Angelina latía con fuerza. Miró a sus hijos. A la postura firme de Jonás.
Ella dio un paso al frente y deslizó su mano en la de él.
“No soy una propiedad”, dijo con claridad. “Yo elijo dónde vivir. Y elijo este lugar”.
El patio quedó en silencio.
Virgilio maldijo. Netti se relajó. Pero los agentes de la ley asintieron.
“Ella se queda por voluntad propia”.
Virgilio se retiró, derrotado.
El polvo se sintió.
La voz de Eli tembló. “Mamá… él nos cuidó”.
Angelina se arrodillo, acercándose a sus hijos. Las lágrimas caían libremente, no de vergüenza, sino de liberación.
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