Seis meses después, aquella mansión se convirtió en la Fundación Leyla Valley, un espacio para mujeres que reconstruyen sus vidas tras sufrir violencia doméstica. El salón de baile donde fui humillada se transformó en un centro de asistencia legal. Mi padre vivía tranquilamente en un apartamento alquilado. Selen vendía sus joyas para pagar los honorarios legales. Y cada mañana, cruzo esas mismas puertas con la cabeza bien alta, pasando por el mismo lugar donde una vez me obligaron a arrodillarme. Nunca me arrodillé. Y nunca lo haré.