Mariana abrió la boca, pero no salió nada. Su rostro perdió el color. Pablo bajó la vista. Los que habían reído minutos antes empezaron a fingir que estaban ocupados.
Sofía sintió algo peor que la vergüenza: decepción.
No porque ahora la miraran con respeto. Sino porque ese respeto había llegado tarde, empujado por un apellido.
Rafael se quitó el saco y lo puso sobre los hombros de ella.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Dime la verdad.
Sofía tragó saliva.
—Estoy cansada.
Esa palabra bastó.
Rafael volteó hacia Ernesto.
—Quiero una sala privada. Ahora. Recursos Humanos, sistemas y legal. También quiero el historial completo del drive y los correos relacionados con este proyecto.
Mariana reaccionó.
—Señor Márquez, fue un malentendido. Yo no sabía quién era ella.
Rafael la miró con frialdad.
—Ese es precisamente el problema. Creyó que necesitaba saber quién era para tratarla como persona.
Nadie se atrevió a moverse hasta que Ernesto dio órdenes.
En la sala de juntas, Sofía habló sin gritar. Contó cómo Mariana le asignaba cargas imposibles, cómo presentaba como suyos los análisis de otros, cómo varios empleados guardaban silencio por miedo a represalias.
No exageró. No insultó. No pidió venganza.
Solo dijo la verdad.
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