Mariana intentó defenderse.
—Es una becaria. Está confundida. La presión del trabajo…
Sofía abrió su laptop.
—Tengo versiones guardadas con fechas. Comentarios. Correos. Mensajes de Teams donde me pide rehacer modelos completos y luego los presenta como propios.
La sala quedó en silencio.
Pablo levantó la cabeza, nervioso.
—Yo también tengo mensajes —murmuró.
Mariana lo fulminó con la mirada.
—Cállate.
Pero ya era tarde.
Una analista llamada Renata, que llevaba meses soportando humillaciones, abrió su correo.
—Yo también.
Luego otro empleado.
Y otro.
Lo que comenzó como un reclamo por café terminó convirtiéndose en una grieta por donde salió todo: reportes robados, evaluaciones manipuladas, amenazas disfrazadas de “retroalimentación”, renuncias forzadas y bonos ganados con trabajo ajeno.
Entonces sistemas llegó con el historial del drive.
El archivo no había sido borrado por Sofía.
Había sido movido accidentalmente desde la computadora de Mariana a una carpeta privada llamada “Versiones mías”.
Ernesto leyó el reporte en voz baja.
—Mariana, esto salió de tu usuario.
—No… no puede ser.
Sofía cerró los ojos.
Ya no era solo injusticia. Era una trampa que se había caído sola.
Rafael se inclinó hacia la mesa.
—¿Cuántas veces ha pasado esto con empleados que no tenían a quién llamar?
Nadie respondió.
Porque todos sabían la respuesta.
Muchas.
Mariana empezó a llorar, pero sus lágrimas no parecían arrepentimiento. Parecían miedo.
—Yo he dado mi vida por esta empresa.
Renata soltó una risa amarga.
—No. Nos quitaste la vida a nosotros para que tú subieras.
Ernesto recibió una llamada. Salió de la sala. Cuando volvió, su cara estaba más dura.
—Acaba de llegar legal. Hay algo más.
Todos lo miraron.
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