—Mamá, esta parte parece que encaja, pero no encaja.
Valeria miró el teléfono.
—A veces pasa con las personas también, mi amor.
Al día siguiente, se reunió con Karla en una cafetería de la Roma Norte.
La mujer que apareció no era la misma que se había reído en el juzgado. Karla llevaba el cabello recogido, el rostro cansado y ninguna joya en las manos.
—Me estoy divorciando de Rodrigo —dijo antes de que Valeria preguntara.
Valeria se quedó quieta.
—No sé qué esperas que diga.
—Nada. No vine por consuelo.
Karla empujó una carpeta sobre la mesa.
—Vine porque ya no quiero proteger sus mentiras.
Dentro había correos, mensajes y documentos del último trabajo de Rodrigo. La historia era clara: él había aprobado un proveedor barato, ignoró advertencias de seguridad y, cuando todo salió mal, culpó a una gerente joven para salvarse.
—La muchacha casi pierde su carrera —dijo Karla—. Rodrigo dijo que ella era inestable, pero encontré correos donde él daba las órdenes.
Valeria revisó los documentos con el estómago cerrado.
—¿Por qué me das esto?
Karla respiró con dificultad.
—Porque si entra a tu empresa, hará lo mismo cuando se sienta amenazado.
Valeria cerró la carpeta.
—¿Y lo que debí saber desde hace mucho?
Karla bajó la mirada.
—El día del divorcio no fue casualidad.
Valeria sintió frío en la espalda.
—¿Qué quieres decir?
—Rodrigo encontró un estado de cuenta viejo con el nombre Mendoza. No sabía cuánto tenías, pero sospechó que tu familia escondía dinero. Se enojó porque no se lo contaste.
Valeria no se movió.
Karla continuó:
—Me dijo que si te abandonaba antes de que naciera la niña, ibas a asustarte, ibas a rogar y tal vez ibas a revelar lo que tenías. Dijo: “Si la hago sentir sola, va a correr detrás de mí.”
Las palabras cayeron sobre Valeria como piedras.
Durante 6 años creyó que Rodrigo la había dejado porque pensaba que no valía nada.
La verdad era peor.
Había sospechado que ella tenía algo.
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