—Te pregunté por una equivocación tuya.
El silencio fue largo.
Rodrigo se pasó la mano por la frente.
—No estoy acostumbrado a decirlo así.
—Tal vez por eso estás aquí.
Él la miró, herido en el orgullo.
—¿Vas a usar esto para vengarte?
Valeria sintió una calma extraña.
Años atrás, habría temblado. Habría querido demostrarle todo lo que valía. Habría deseado que Rodrigo se arrepintiera, que le pidiera perdón, que entendiera.
Ahora solo veía a un hombre sentado frente a las consecuencias de su propia ceguera.
—No necesito vengarme —dijo—. Tu vida hizo ese trabajo sola.
Rodrigo apretó la mandíbula.
—Tengo experiencia. Puedo aportar mucho.
—Eso lo decidirá el comité.
—¿Y tú?
—Yo decidiré como presidenta. No como exesposa.
La entrevista terminó con una formalidad incómoda.
Valeria lo acompañó hasta el lobby. Rodrigo caminaba más lento que al entrar. Al pasar frente al muro de responsabilidad social, se detuvo.
Había una fotografía de Lucía cortando un listón en un programa de becas infantiles. Tenía 5 años, trenzas y una sonrisa enorme.
—Está grande —dijo él.
—Tiene 6.
Rodrigo se quedó mirando la imagen.
—Se parece a ti.
—Sí.
—Quisiera verla más.
Valeria se giró hacia él.
—Entonces llámala por ser tu hija. No por estar parado en la empresa que acabo de descubrirte.
Él abrió la boca, pero no dijo nada.
Esa noche, mientras Valeria ayudaba a Lucía con una tarea de ciencias, su celular vibró.
Era Karla.
No habían hablado en años.
El mensaje decía:
“Necesito verte. Es sobre Rodrigo, su empleo anterior y algo que debiste saber desde hace mucho.”
Valeria leyó el mensaje 3 veces.
Lucía levantó una pieza de cartulina.
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