Luego alguien soltó una risa nerviosa.
Después otra.
Mariana miró la mancha oscura extendiéndose sobre la tela.
—Ay, qué pena. Tal vez la vida corporativa no es para gente tan sensible.
Sofía respiró hondo. Sus ojos se humedecieron, pero no lloró.
Sacó unas servilletas y empezó a limpiarse.
—Voy al baño.
—No —dijo Mariana—. Primero vas a explicar qué hiciste con el archivo.
En ese momento sonó el celular de Sofía.
Vio la pantalla.
Papá.
Contestó despacio.
—Hola.
—Buenos días, hija. Estoy por entrar a una junta cerca de Santa Fe. ¿Cómo vas?
Sofía apretó las servilletas mojadas.
—Creo que hoy no tan bien.
La voz de Rafael cambió.
—¿Qué pasó?
Ella miró alrededor. Todos la observaban con burla, curiosidad o miedo.
—Nada grave.
—Sofía.
El tono de su padre la desarmó.
—Me tiraron café encima. Y me están acusando de algo que no hice.
Hubo una pausa.
—¿En qué piso estás?
—27.
—Quédate ahí.
La llamada terminó.
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